✨Primera parte: Ilusión✨
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I
La Abadía de Santiago es una edificación de extrema belleza, una construcción enorme constituida por varias alas y secciones. Está dividida en el área de seminaristas y el claustro para novicias. Dicha construcción incluye jardines con arbustos y enredaderas por todos lados, con esculturas de piedra en óptimas condiciones y por dónde solía transitar bastante gente, varios salones, bibliotecas y desde luego dormitorios individuales. La impresión que siempre daba esta edificación de piedra era: de extrema solemnidad e imponencia. Muchos decían que era como visitar el palacio de Dios en la tierra.
Desde luego la primera impresión de Choso no era distinta, concordaba en los dos adjetivos pero añadiría algo más: no había ninguna otra edificación que se le comparara, ni siquiera las anteriores abadías o fortalezas en donde habitó los primeros años de su camino como seminarista le llegaban a los talones. La Abadía de Santiago era la última morada, allí sólo llegaban los seminaristas en la recta final, quienes habían pasado todas las pruebas y mantenían en alto su fe por sobre todas las cosas. En este punto todo deseo carnal y mundano debía haber dejado la mente de cualquiera. Tanto hombres como mujeres estaban en el proceso de noviciado, su entrega era tal que ya se consideraban comprometidos en matrimonio con Dios. No muchos llegaban aquí, se necesitaba de gran convicción para tomar los votos solemnes: pobreza, castidad y obediencia.
Por rumores de compañeros Choso supo que esta abadía en específico solía ser diferente o más bien especial. Algunos sacerdotes, incluso sumamente entregados, solían desertar. Se decía que en los pasillos, en los jardines, al igual que Jesús fue tentado en el desierto por el diablo los seminaristas solían ser puestos a prueba de la misma forma.
Sobre ello Choso preguntó al obispo Gakuganji, quien era su tutor en ese momento y responsable de que Choso hubiera llegado a la abadía. Su respuesta fue simple: se rió y enseguida contestó.
—Son tonterías. ¿Quién te lo ha dicho? —tras reír procedió a lucir molesto—. Hmm ya sé, seguro fue él… seguro que sí pues sólo un sacerdote exorcista puede decir tantas estupideces. No, Choso, aquí no hay ese tipo de cosas parte de la brujería. He pasado casi toda mi vida aquí y no he visto nada, absolutamente nada. Es un campo protegido por Dios nadie podría tentarte o lastimarte. ¿Por qué hablas con él? Entiendo que es joven como tú pero no es el más cuerdo, después de todo ¿cómo puedes creerle a alguien que dice tener un pacto con un ángel? Es absurdo.
Choso evitó decir unas cuántas palabras más. No podía decir que se equivocaba en lo primero, sí… Kento Nanami le había advertido sobre La Abadía de Santiago, pero no fue de quien escuchó los rumores sino de todos los seminaristas. Específicamente él dijo:
—No dejes que te manden allí, es opcional. Deja que te manden conmigo, te presentaré con alguien que puede instruirte mejor. Te puedo mandar también al Claustro de Santa Teresa, puedes concluir tus estudios allí con normalidad. Si vas a la abadía me temo que no sería tan buena decisión.
También era cierto que era un sacerdote exorcista y que no todos parecían de acuerdo con su profesión, pero también era cierto, que su entrega para proteger y ayudar a otros era incuestionable. Pero… no se podía negar que era un tanto extraño, solía… hablar solo y si se le cuestionaba contestaba: “me disculpa, tengo una conversación importante con él… le enoja que lo interrumpan, es caprichoso”. Y eso no ayudaba a los rumores sobre su locura tras su “pacto con un ángel”. Además ¿no Gakuganji como sacerdote se contradecía? ¿Por qué no creer en las pruebas divinas? ¿No era eso llevarle la contraria a Dios y negar sus intervenciones?
Como fuera… Choso decidió que lo mejor era no darle tantas vueltas y tomar las advertencias como simples metáforas pues sus últimos estudios de teología no serían simples… la verdad es que muchos desertaban por ello. Choso atribuyó la deserción a falta de disciplina y entrega y no a otro tipo de situaciones. No tendría mayor problema pues disciplina y convicción Choso las tenía desde luego, desde niño, desde su estadía en aquel orfanato supo que su camino era servir a Dios y no sólo a éste sino también ayudar a las personas. Ahora estaba a unos meses de culminar su seminario y por fin dedicarse al sacerdocio.
Los dormitorios eran cómodos y también las estancias, al menos para el otoño en que llegó. La biblioteca era su lugar favorito pues había un silencio inigualable. La primera noche también fue agradable salvo por unos percances que casi le quitan el sueño: ruidos extraños que atribuyó a que las paredes fueran delgadas y escuchara a sus compañeros, todo lo demás era maravilloso. Incluso si Gakuganji le pedía quedarse en la abadía por un tiempo tras ser sacerdote ¡lo haría!
Choso estaba maravillado con todo, casi podía por un momento dejar de lado su idea de refugiarse en una iglesia de alguna pequeña comunidad con tal de quedarse allí… eso era una decisión un poco extraña y precipitada pues lo apartaba de su meta pero estaba bien… tal vez era el “llamado de Dios”, era el llamado a admirar siempre todas las estatuas de la abadía, sobre todo la figura de la Virgen María que tenía en brazos un pequeño cordero dispuesta en un jardín solitario pero hermoso donde, a pesar de la estación, siempre lucía verde y recién regado.
Esa escultura desde su punto de vista era la mejor. La primera vez que la vio de inmediato caminó hacia ella para admirarla. El trabajo era excepcional. Era la única estatua en ese pequeño jardín rodeado de todo tipo de vegetación y flores siempre vivas y radiantes. El artista que seguro había confeccionado aquella obra en piedra le había hecho tal detalle al punto de considerarlo imposible.
Si bien la abadía tenía múltiples imágenes religiosas famosas dentro de la capilla, como un cristo de tamaño grande llamado “el de los laureles” y una Virgen María expresando eterno dolor, Choso consideraba a esta escultura mucho más hermosa. Aquella virgen de piedra lucía un vestido sencillo pues todo el protagonismo se lo llevaba el manto sobre su cabeza que caía con gracia marcando cada pliegue con exactitud para expresar su suavidad. Estaba a su vez plagado de estrellas, algunas grandes otras diminutas, y si te acercabas podías ver el entramado de la tela tanto en el vestido como en el manto. Aquella escultura estaba hincada en una base de mármol grisáceo y sobre sus brazos cargaba un pequeño cordero y este no se quedaba atrás en cuanto a perfección. El detalle en el pelaje del animal era exacto. Seguro al artista le había tomado horas lograr el efecto, sin mencionar que los ojos de cada uno de esos personajes expresaban calma.
La virgen a pesar de estar hincada tenía la vista siempre hacia abajo para encontrarse con quien fuera que viniera por aquel pasillo. Y no, su expresión no era de sufrimiento o llanto sino… dulzura total como sí tuviera ante ella a alguien que amara de una forma pura.
Choso pensaba que era arte muy elevado podía pasar horas y horas mirando aquella escultura y encontraría muchos detalles nuevos.
🐑
Como todas las tardes tras sus labores se sentó en una banca a contemplarla… a saludarla, a contarle su día con detalle y emoción tal como si le contara a alguien real… sólo que esa tarde fue un tanto extraña.
Ese jardín era poco transitado. Cuando Kento Nanami pasó por uno de los pasillos vio su silueta en aquella banca.
—No… no lo molestaré, tal vez está ocupado… no insistas más.
Murmuró, acomodó sus lentes circulares y continuó su camino pues iba a ver a alguien más. Pasó más tarde por ese pasillo, tarde al ocaso, frenó de golpe y vio de nuevo en aquella dirección. Frunció el entrecejo y después frunció sus labios.
—Deja de decirme “te lo dije” estoy harto de eso… eres molesto. Permíteme por favor.
Y ahora se dirigió hasta donde estaba Choso. Confirmó… él estaba viendo fijamente aquella estatua que pronto Nanami también observó por un momento y luego volvió a Choso. Era como si se hubiera quedado congelado en el tiempo sólo observando. Nanami tocó su hombro y pudo traerlo de regreso. Choso se puso de pie de inmediato y saludó con amabilidad.
—¿Cuándo llegaste? ¿Qué tal te fue en tu viaje?
—Bien… llegué en la mañana —volvió a ver la estatua.
—¿No es bella? —le dijo Choso con emoción—. El detalle es muy preciso, puedo ver incluso la textura de la piel de las manos. Hoy descubrí eso… ayer descubrí que tiene marcados unos encantadores hoyuelos en sus comisuras. Muy realista.
—Es interesante, tienes razón y… ¿cómo se llama?
—Amm yo creo que es la Virgen María… tiene la estética de una virgen y tendría que ser ella. Pero no hay una placa que me lo compruebe.
—Sí, tienes razón, tiene el manto y por el tratamiento de la obra puede tratarse de ella… aunque el autor olvidó su aureola o su corona en todo caso.
—Tal vez fue difícil de plasmar en piedra.
Nanami lo dudaba pues si el autor había plasmado tanto detalle una simple aureola no sería difícil. Pero desdeñó porque bueno ¿quién no tendría flojera de ello? Además ¿quién era él para juzgar la representación subjetiva de una virgen?
—¿Vienes a cenar?
—¿Cenar?
—Sí… es hora de cenar. ¿Quieres escuchar como nos fue?
—Amm… —en parte estaba confundido porque el tiempo había pasado muy rápido y también le era incómodo decirle a Nanami que el obispo le había prohibido hablarle.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—No… no lo sé yo…
—Vamos, tienes que comer algo… —dio un largo suspiro.
Tras la cena Nanami habló.
—Te conozco desde que estaba en el seminario… sé por tu primer tutor sobre tu historia. Y te recomendé para que entraras a la misma oficina donde estoy. Incluso podría mandarte al Claustro de Santa Teresa. Allí estuve un tiempo, es muy bonito. O también podrías ir a la catedral donde estoy.
—Gracias… pero no parece ser mi camino. Creo que me he decidido… ¿Tú dijiste que en tu estadía aquí recibiste “el llamado” ¿verdad?
—Sí… bueno —no recordaba haberlo contado pero con los rumores todo mundo lo sabía— sí así lo quieres llamar está bien.
—Creo que he experimentado el mío. Quiero quedarme aquí. La abadía es hermosa y muy tranquila. Incluso podría quedarme aquí como profesor.
—No parecía ser tu meta… —se notaba su duda por su decisión— de igual forma tienes mi apoyo. Y no olvides que sigue en pie mi oferta. Es de sabios cambiar de opinión. No te sientas presionado por Gakuganji, no dejes que te comprometa a este lugar. Ah y… si percibes cualquier cosa rara ten la confianza de decirlo, yo si voy a creerte.
Choso no quiso decirle que no creía en su cuento, aun lo respetaba como amigo. Lo conoció antes de “su pacto con el ángel”, siempre le tuvo mucho respeto al punto de que si bien tenían la misma edad él no podía llamarlo por su nombre.
Al día siguiente supo que Nanami había partido a su respectiva ciudad, esperando a sí volvían a llamarlo por cualquier situación y él continuó con su rutina… misma rutina que decantaba en ver aquella escultura.
No habría problema… no… si tan sólo no estuviera perdiendo demasiado tiempo. Aun así se detenía a platicar.
—¿Recuerdas que alguien vino cuando estaba contigo? Su nombre es Kento Nanami. Se podría decir que es mi superior aunque curiosamente tengamos la misma edad. Yo lo trato como tal aunque él hace poco me pidió tratarlo como amigo. No puedo hacer eso, no está bien de mi parte porque hay cierta distancia que pongo yo, distancia no porque me desagrade ¡no! En realidad es todo lo contrario. Es distancia por respeto. Yo lo respeto demasiado, siempre fue sumamente disciplinado incluso cuando íbamos al mismo seminario. Yo admiro su entrega a Dios ¡es incondicional! Eso hizo que avanzara más rápido que cualquiera. Siempre tuvo clara su vocación… bueno al inicio lo tenía claro aunque cambió abruptamente cuando llegó a su último año. De igual forma sigue siendo alguien de fe y entrega incuestionable. Mi admiración es tal que no puedo tratarlo como amigo porque no somos iguales, claramente yo… —sonrió con amargura— yo no soy del todo un buen siervo pero hago mi más grande esfuerzo porque quiero demostrarle a Dios cuánto lo venero y cuánto le estoy agradecido.
Tras tres días él seguía visitando a la virgen y al tercer día él se dio cuenta de que había anochecido mientras la veía. Desde luego le pareció extraño, él juraba que cuando había llegado allí era de tarde y faltaban horas para que el sol se ocultara. Ahora se había perdido la cena y tuvo que regresar a su habitación en casi la penumbra.
El cuarto día fue igual, había perdido varias horas viendo fijamente la escultura tras hablarle como a una vieja amiga. Ya comenzaba a sentirse extraño mientras recorría los pasillos a su habitación, ¡pasillos que habían cambiado por completo en la noche! Ahora eran lúgubres y solitarios. Con la poca luz de los faroles Choso percibía sombras con el rabillo del ojo que desdeñó pronto, pues solo eran un efecto de su visión cansada. Pero también percibía ruido. El silencio de los pasillos traía consigo el eco de pisadas.
Primero lo atribuyó a que alguien venía en su dirección, tarde o temprano lo alcanzaría por lo que se hizo aún lado para dejarle pasar. Los pasos, al inicio eran tímidos, enseguida marcaban ritmo y más tarde fueron más sonoros cómo si la persona se quisiera hacer notar; pero eran también peculiares pues no se trataba del sonido de la suela de un zapato sino del caminar de alguien descalzo. El sonido de las plantas de los pies era cada vez más marcado y Choso sentía su piel erizarse de forma extraña. Poco a poco, y escalando por todo su cuerpo, esa sensación de miedo lo invadió y en una fracción de un segundo cambió a auténtico terror. Casi podía sentir a la segunda persona cerca de su espalda, a nada de mirarlo fijamente.
Desde luego al darse la vuelta no hubo nada más que la espesa oscuridad del pasillo y lo que parecía ser una silueta muy al fondo, pero bien podría ser alguna estatua. Choso volvió a dar la vuelta y a desdeñar lo acontecido pues era simplemente absurdo.
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